
Cuando de béisbol se habla, uno de los primeros nombres que se viene al imaginario colectivo es el de Babe Ruth. Nacido en Baltimore el 6 de febrero de 1895, emergió como una figura central en el tradicional deporte estadounidense.
Desde muy joven, se formó en la Escuela Industrial St. Mary’s y llamó la atención por su destreza con el bat. Su talento llevó a que el propietario de los Orioles, equipo de su ciudad natal, le ofreciera un contrato profesional a tan solo 19 años. Esto marcaría el puntapié de una carrera que transformaría la historia de la disciplina.
Sin embargo, su paso por el club local fue fugaz y con apenas un puñado de encuentros disputados se mudó a Boston para jugar con los Red Sox, lugar donde demostró su valor tanto en el bateo como en el pitcheo lanzando, una cualidad que era única en la época.
Allí lideró el equipo a tres Series Mundiales y en 1919 rompió el récord de jonrones en una sola temporada, con 29. Un año más tarde se concretó el traspaso más recordado en la historia: los Yankees de Nueva York se lo llevaron en una operación histórica valorada en USD 100.000, siendo este el inicio de la época dorada de los neoyorquinos.

En la Gran Manzana se convirtió en el bateador más temido y carismático del béisbol. En 1920 volvió a romper el récord de cuadrangulares (54), al igual que en 1921 (59) y en 1927 (60), según datos del National Baseball Hall of Fame. Sus marcas prevalecieron por tres décadas y llevó a los Yankees a su primer título en 1923. Tras la primera conquista, el Bambino lideró otras seis Series Mundiales más.
Durante 22 temporadas, Ruth lideró la liga en jonrones en 12 ocasiones, acumuló 714 cuadrangulares, récord absoluto hasta 1974. Su influencia se extendió más allá de las estadísticas: popularizó el béisbol y se convirtió en un ícono cultural, inspirando a generaciones de fanáticos.
El diagnóstico de Babe Ruth
Su legado en el deporte llevó a que la Major League Baseball (MLB) lo involucre en el Salón de la Fama. Sin embargo, en paralelo, su salud comenzó a deteriorarse. En 1946 empezó a experimentar síntomas preocupantes: notó una marcada ronquera en la voz y dolores intensos detrás del ojo izquierdo. Estas señales iniciales llevaron a los médicos a realizar estudios que finalmente revelaron un diagnóstico devastador.

Se le detectó un carcinoma nasofaríngeo, un tipo raro de cáncer que afecta la parte posterior de la nariz y la boca, recogió Steve Walters en National Baseball Hall of Fame. La enfermedad no solo provocaba problemas respiratorios y de alimentación, sino que también dificultaba su capacidad para hablar y le ocasionaba un dolor persistente.
El tumor, ubicado en la base del cráneo, ya había hecho metástasis en los ganglios linfáticos y comprimía la arteria carótida, comprometiendo gravemente su salud. Durante este periodo, Ruth perdió peso y masa muscular de forma acelerada, lo que resultó en una apariencia cada vez más frágil ante el público.
En aquellos años, la práctica médica solía evitar que los pacientes conocieran la gravedad real de sus enfermedades terminales. No está claro si el Gran Bambino fue informado de la naturaleza exacta, pero sí era consciente de la gravedad de su estado.

Llegó a describir su voz como el sonido de “alguien haciendo gárgaras con cenizas” y pasó el 52º cumpleaños en el hospital, profundamente abatido. Se sometió primero a tratamientos convencionales, como la radioterapia y la cirugía, aunque ninguno logró frenar el avance del tumor ni mejorar de manera significativa sus síntomas.
El diagnóstico de cáncer terminal marcó el inicio de una etapa difícil para la leyenda del béisbol, que enfrentó la enfermedad con una notable exposición pública. El comisionado de la MLB, Happy Chandler, promovió en 1947 el “Día de Babe Ruth”, celebrado en estadios de todo el país como homenaje y muestra de apoyo. A pesar de su estado debilitado, asistió a la ceremonia en el Yankee Stadium el 27 de abril de 1947 y se dirigió a la multitud con notoria dificultad, expresando: “Ya saben lo mal que suena mi voz. Pues bien, me siento igual de mal”.
En los últimos años de su vida, la progresión del cáncer lo llevó a una situación cada vez más precaria. El hospital donde fue atendido emitía boletines diarios sobre su estado, y la comunidad del béisbol seguía de cerca la evolución de su salud. Así, el diagnóstico y la lucha se convirtieron en un tema de interés nacional, marcando el tramo final de una existencia que había estado ligada a la admiración de multitudes.
La muerte de Babe Ruth

Ante el avance imparable de su enfermedad, el beisbolista aceptó participar en un tratamiento experimental con terpterina, un precursor de la quimioterapia moderna, en el Hospital Mount Sinai de Nueva York. Este fármaco solo se había probado en ratas, y Ruth se convirtió en uno de los primeros pacientes humanos en recibirlo, marcando un hito en la historia médica.
El tratamiento, aplicado de forma secuencial junto con radioterapia, logró inicialmente una mejora en sus síntomas: la inflamación disminuyó y recuperó algo de peso, despertando esperanzas en la comunidad científica de una posible cura para el cáncer.
Sin embargo, el efecto fue transitorio y el cáncer pronto recobró fuerza, empeorando rápidamente la salud. Su caso, presentado de forma anónima en conferencias médicas, demostró la viabilidad de la quimioterapia y contribuyó al desarrollo de terapias más efectivas en las décadas siguientes.

A pesar de los esfuerzos médicos y de la leyenda del béisbol, el 16 de agosto de 1948 confirmaron la noticia que nadie quería recibir: Babe Ruth había muerto. El cuerpo del “Gran Bambino” fue expuesto durante dos días en el Yankee Stadium, donde hasta 100.000 fanáticos desfilaron para rendirle homenaje.
Multitudes también se congregaron en la Catedral de San Patricio para su funeral, y posteriormente fue sepultado en el cementerio Gate of Heaven, en Nueva York. La magnitud de la despedida reflejó el impacto cultural y deportivo, quien no solo cimentó su leyenda en los diamantes, sino que dejó una huella en la medicina y en la memoria colectiva de varias generaciones.


