Héctor Enrique convierte el primer gol ante Vélez en el Monumental

El rito se mantuvo inalterable. El 60 desde Congreso hasta Barrancas de Belgrano y a partir de allí la caminata por Libertador hasta el bucólico boulevard de Lidoro Quinteros. La portátil pegada a mi oído, por ese gen periodístico que ya latía, aunque la cuenta de mis años apenas inauguraba los 13. La charla con mi viejo, mientras la gente se agolpaba a metros de las boleterías, en aquel extraviado tiempo, en el que las entradas se sacaban el mismo día del partido. Todo era igual que siempre, con una sensible diferencia: no habíamos ido caminando desde casa hasta la parada del bondi, sino que nos habíamos encontrado ahí, porque mis padres se habían separado hacía unos meses y yo vivía con mi vieja. Pero el rito de la cancha, sea cual fuese, se mantenía. Mi viejo era de River, no muy fanático, y quizá por eso no me impuso el continuar la tradición, que desde pibe se pintó con el tricolor Funebrero. Íbamos a casi todos los estadios, pero ese domingo 9 de marzo del ‘86, yo sabía que él quería estar en el Monumental.

River campeón de la temporada 85/86. Una aplanadora de fútbol. Aquel reencuentro de un cuadro de los Millonarios con lo más selecto de su historia. El fútbol refinado, de toque, de las mil variantes de mitad de cancha en adelante y una voracidad ofensiva que no hacía distinción de rival. Un equipo completo, con una figura descollante, como Enzo Francescoli, quien regó, en aquella temporada, cada centímetro de césped con su mejor versión.

Nos instalamos en la platea. Siempre le voy a estar agradecido a mi viejo por el esfuerzo de comprar las dos entradas para ubicarnos allí, cerca de las cabinas de transmisión de las radios. Llegábamos con mucha antelación y yo subía los escalones hasta la última fila. Me ponía en puntas de pie y podía ver cómo trabajaban los periodistas. Una fascinación absoluta. Se me habían despejado todas las dudas para cuando me preguntasen qué quería ser cuando fuese grande… Para mí, el espectáculo se desarrollaba tanto allí como en el verde césped.

Esa platea se fue llenando lentamente. La gente de River tenía la certeza de que iba a ser la tarde de la consagración. Casi un formalismo, como quien va a hacer un trámite y sale enseguida. La diferencia abismal de ese equipo por sobre los demás a nivel juego también se refrendaba en la tabla, A falta de seis fechas, le llevaba 10 puntos a su más cercano seguidor, que era Deportivo Español, la revelación del torneo, que había ascendido la temporada anterior.

El plantel campeón, repleto de figuras

Enfrente, un Vélez sin demasiadas motivaciones, pero sí con buenos jugadores y el fresco antecedente de haber derrotado a River en los dos partidos del Nacional ‘85, donde le ganó la semifinal de la rueda de ganadores y luego lo dejó fuera en el cruce de la de perdedores. Ambas, con el denominador común de haberse jugado en Huracán y la ratificación de Jorge Comas, como verdugo Millonario. Dirigido por José Yudica, tenía en sus filas, además de Comitas, a destacados futbolistas como Pedro Larraquy, José Luis Cuciuffo, Osvaldo Coloccini, Juan José Meza y el Coyita Gutiérrez.

Pero a River y su aplastante marcha hacia el título nada lo detenía. Salió a la cancha con la indumentaria alternativa de casaca roja con líneas horizontales blancas, en medio de una ovación y la lluvia de papelitos, clásico de nuestro fútbol desde las felices horas del Mundial ’78, que siempre traían una dulce nostalgia. El Bambino puso en la cancha al equipo que terminaría quedando en la memoria de los hinchas, no solo de los Millonarios: Nery Pumpido; Jorge Gordillo, Nelson Gutiérrez, Oscar Ruggeri, Alejandro Montenegro; Héctor Enrique, Américo Gallego, Claudio Morresi, Roque Alfaro; Luis Amúchástegui y Enzo Francescoli.

El primer tiempo terminó empatado sin goles, mientras las radios traían la noticia, en tiempos de todos los partidos el domingo por la tarde a la misma hora, del 1-1 en Caballito entre Argentinos Juniors y Deportivo Español. En el complemento iban a llegar las emociones y las buenas noticias acá y allá. Apenas arrancado, Carlos Ereros puso el 2-1 para los Bichitos y, enseguida, el Negro Enrique, capturó un rechazo defectuoso desde cerca del punto penal, para pegarle de primera y ponerla junto al poste izquierdo del arquero Bartero.

Y entonces, sí, la locura y el carnaval. El festejo del Monumental que sabía que ya no habría impedimentos para gritar campeón, aunque todavía faltara más de media hora. El “soy de River” que atronó más fuerte que nunca, tras el grito de gol, al que se sumó mi viejo, en una alegría que pocas veces le había visto en tantos años de cancha. Le gustaba ver buen fútbol, pero no estaba afiliado a ese grupo de hinchas que pasa la semana atento a las posibles bajas por lesiones o suspensiones propias o del rival. Lo de él, como en su vida en general, era más tranquilo, más pensante y metódico, pero a la hora de gozar y divertirse, era el número uno.

Enzo Francescoli, de penal, coloca el 3-0 definitivo

Un ratito más tarde, otra vez Ereros en Caballito estiraba hasta el 3-1 la derrota de Deportivo Español y ya no importaban las radios portátiles con sus noticias. Todo se circunscribía a lo que ocurría en ese vibrante estadio de Núñez, donde los hinchas, como marca su historia, siempre quieren más. Y ese equipo le daba toques, funcionamiento y goles. Los dos que faltaban para cerrar la historia llegaron sobre la hora. Primero fue Pipo Gorosito (pieza permanente de recambio para el Bambino, que lo admiraba mucho y lo haría explotar definitivamente cuando lo volvió a tener en San Lorenzo), que la puso en rincón con su acostumbrada calidad.

El tercero y último no podía ser de otro jugador. Lo debía convertir él, la figura fulgurante de aquel equipo, el goleador del campeonato. Estaba el tiempo cumplido. La gente deliraba y algunos se preparaban para la invasión, mientras en el banco de suplentes todo el cuerpo técnico se hermanaba en un abrazo para vivir así los instantes finales. El Príncipe encaró al área, fue derribado y el árbitro Jorge Vigliano no dudó en cobrar el penal. La ejecución fue igual a tantas otras en ese torneo y en su carrera. Con calma y clase, la acarició para ubicarla al otro palo de la errónea intuición del arquero. Fue su último gol en el torneo, el número 25 en 32 partidos disputados, lo que muestra, también en números, el grado excelso que alcanzó en aquel torneo inolvidable.

El Bambino dejó su impronta, con un cuadro que mantenía la vocación ofensiva de su inolvidable San Lorenzo ‘83, aunque con muchos más recaudos que aquel, que era un derroche de generosidad por el espectáculo y que con un poco más de orden podría haber sido campeón. No fue fácil el comienzo para Veira porque, cuando asumió en septiembre del ’84, el equipo estaba a la deriva y en crisis de resultados.

Jorge Gordillo, titular indiscutido y dueño de la camiseta número 4, nos recordó cómo se fue edificando aquel ciclo que luego ganaría todos los títulos: “Apenas asumió, el Bambino escribió en el pizarrón del vestuario una frase que me impactó: ‘Con humildad y sacrificio, este equipo puede quedar en la historia del club’. Hicimos una linda pretemporada en Villa Gesell y en el Nacional del ’85 llegamos hasta las instancias finales y, después en el torneo largo, realizamos una campaña inolvidable, con la dupla brillante de Francescoli y Morresi, sumados a la Araña Amuchástegui, que era letal. Enzo fue transferido a Francia y todos nos preguntamos ¿Y ahora? (risas). El Bambino tuvo la capacidad de poder reinventar el equipo para la Copa Libertadores, aprovechando la calidad del Beto Alonso como lanzador y la potencia goleadora de Antonio Alzamendi. También nos dimos el gusto de ser campeones del mundo ante el Steaua Bucarest, en un partido durísimo, pese a que, en la previa, muchos lo habían subestimado, pensando que River tendría un rival menor enfrente y nada que ver. Por algo era el ganador de la Champions y fue la base de la selección de Rumania que disputó los mundiales siguientes. Eran muy bravos. Les dabas una patada y te dolía a vos (risas)”.

Hubo un detalle importante en la campaña y fue el caso de Norberto Alonso. Al comenzar el torneo, era el dueño indiscutido de la camiseta número 10. En el mes de septiembre, con poco más de 10 fechas disputadas, se lesionó e ingresó en su lugar Claudio Morresi, que había llegado desde Huracán, con excelentes antecedentes. Futbolista fino, de clase y con mucha llegada al gol, se insertó en forma inmediata en el andamiaje del equipo, formando una dupla letal con Francescoli, como nos lo evocó el propio Claudio: “Siempre me consultan sobre si Enzo fue con el que mejor me entendí y yo sostengo que, por haber sido en River, fue con quien más se visibilizó. Lo que no tengo dudas es que fue el compañero de mayores virtudes técnicas que tuve, porque era un goleador, que además hacía convertir a los demás”.

La tapa de la revista El Gráfico tras la consagración

Morresi recuerda cómo era convivir con la situación que se había creado en torno a ocupar el lugar de un ídolo tan grande: “En cuanto pisábamos el césped, toda la cancha gritaba ‘Alonso, Alonso’, aunque estuviera en el banco. Después cantaban por Enzo y luego por mí, pero él era la bandera de los hinchas. Cuando me tocó entrar, el equipo comenzó a funcionar muy bien y a ganar. El Bambino tuvo una situación incómoda, pero se la jugó por el cuadro que le rendía. El Beto estaba en un alto nivel, que lo demostró al año siguiente cuando fue decisivo en la Copa Libertadores. Lo que debo reconocer es que con él siempre tuvimos una relación de mucho respeto, que se mantiene hasta al día de hoy”.

El espíritu jovial de Veira también fue clave en el armado del grupo y en la manera de relacionarse con sus jugadores, como lo rememora Claudio: “La frase ‘Morresi es Mozart’ es una típica salida del Bambino, que te resume en una palabra lo que a la mayoría nos cuesta un montón. Decía que yo tocaba y tocaba, que era como el director de esa orquesta. Fue muy importante por su inteligencia táctica, para saber qué necesitaba el equipo en cada momento”.

Atrás habían quedado más de cuatro años sin títulos locales, desde aquel Nacional ‘81, con la conducción de Alfredo Di Stéfano y sus controversias con algunos miembros del plantel. Luego, la casa de los Millonarios se desordenó un poco con la diáspora de sus grandes figuras y problemas económicos que derivaron en una huelga de sus futbolistas en el ‘83. Todo eso era pasado. Ahora había vuelto la alegría, con un equipo que bebió en las fuentes de la más rica historia de la institución. Esa que siempre quiere más y mejor fútbol. Desde el más fanático hasta el más analista. Como en el caso de mi viejo, que nunca lo había visto dar la vuelta olímpica en la cancha a su querido River. Cuando nos íbamos, me dijo: ‘Nunca olvidaré esta tarde’. En la estrella que estés, quedate tranquilo. Yo tampoco, viejo…

El Bambino, con la indumentaria de River